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domingo, 16 de abril de 2017

Hoy celebramos uno de nuestros postulados de fe más poderosos, la victoria de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sobre la muerte. La resurrección de Jesús garantiza el cumplimiento de sus promesas y es la raíz de nuestra esperanza. Por eso Pablo dijo que somos más que vencedores en (Romanos 8:37 NVI), y añadió que “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.” Este es un postulado que solemos recitar hasta de memoria, pero, ¿realmente vivimos con la convicción y la certeza en nuestro corazón de estas palabras? Tal vez no. 
Aquellos que entienden bien la implicación de ser más que vencedores en Cristo Jesús, no viven preocupados o atemorizados por las sazones de los tiempos, porque confían plenamente en las promesas del Señor, y no en sus propias fuerzas ni en la obra de sus propias manos. Son capaces de derrotar todo temor y no se cohíben de hacer aquello para lo que han sido llamados, esto aparte de “La gran comisión”, porque saben que la gracia de Dios hará que su poder se perfeccione en sus debilidades (2 Corintios 1:9 NVI). Mientras reflexionaba en todo esto, el Espíritu me llevó a observar los acontecimientos que trascendieron la Resurrección.
En (Juan 21:15), el Resucitado se le apareció por tercera vez a sus discípulos. Allí el apóstol Pedro fue confrontado con una pregunta, justo antes de ser llamado al ministerio: ¿Me amas? La pregunta reiterada de Jesús y las respuestas de Pedro, fueron el escenario que el Resucitado utilizó para cualificar la verdadera demostración de nuestro amor a Dios, la obediencia a su voluntad. Así quedó registrado en (1 Juan 5:3-4 NVI) donde dice: “En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y estos no son difíciles de cumplir,  porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.”
Por eso, cuando vencemos al mundo, a semejanza de Jesús, demostramos nuestro amor a Dios, porque hemos obedecido y damos testimonio de nuestra fe. Pedro dejó sus redes allí para seguir a Jesús, aceptando su llamado a ser pescador de hombres y a apacentar a sus corderos y ovejas, sabiendo que ese llamado le costaría la vida. Pero así demostró que su amor a Dios era verdadero. ¿Estamos conscientes de que demostrar nuestro amor por Jesús en este tiempo nos puede costar hasta la vida? A Pedro le costó la suya, y debemos estar dispuestos a que nos cueste la nuestra.
No obstante, el Resucitado nos está invitando a que ofrendemos nuestra vida en sacrificio vivo, como quedó registrado en el evangelio de Mateo al decir: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz (sacrificio) y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; (vivir la vida como nos gusta y nos conviene es un desperdicio) pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará (vivir conforme a la voluntad “agradable y perfecta” de Dios es nuestro ensayo para entrar a la vida eterna).  ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida?” (Mateo 16:24).
Se pierde la vida cuando no buscamos vivirla conforme al propósito de Dios. Debemos estar dispuestos a abandonarlo todo para que Él haga su voluntad en nosotros y se cumplan sus propósitos; sabiendo que ya somos más que vencedores y seremos resucitados y transformados a semejanza del Señor, que es nuestra esperanza. En su carta a los Efesios, Pablo dijo: “Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios, sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos. Por tanto, no sean insensatos sino entiendan cuál es la voluntad del Señor.” (Efesios 5:15:-17).
Todos hemos recibido al menos un don (regalo de Dios, no nuestro) (1 Corintios 7:7 NVI), y es nuestra responsabilidad descubrirlo y cultivarlo, y que su fruto redunde en la edificación de la iglesia y para la gloria de Dios. Sin embargo, algunos dones están implicados en llamados de Dios que cuestan, y Dios se encarga de que sus portadores así lo entiendan. Por eso, muchos tienden a relegar sus llamados, y a ocultar sus dones, despreciando el depósito que Dios puso en ellos, huyendo de las dificultades y el sufrimiento que estos pueden causar, aunque este sufrimiento sea la herramienta más poderosa de Dios para perfeccionarnos. Eso fue lo que afirmó el autor de Hebreos al decir: “Aunque era hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…” (Hebreos 5:8-9 NVI).
Así que encontrarnos con el Resucitado y decidir seguirle tiene sus implicaciones. Nos costará renunciar a nuestra voluntad, costará obediencia para hacer lo que Dios nos ha dicho, aunque los demás no lo entiendan y recibamos rechazos y hasta penalidades; eso también costará soledad; costará esperar con paciencia sabiendo que Dios obra para bien y hará como Él quiere, no necesariamente como esperamos, porque sus propósitos son más altos que los nuestros; y muchas cosas más que sólo llegan a aceptarse, entenderse y superarse cuando caminamos en fe, sabiendo que veremos su gloria. “¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios? (Juan 11:40 NVI).
Unámonos a los motivos de oración que el apóstol Pablo presentó por los colosenses, pero en primera persona plural: “Pidamos que Dios nos haga conocer plenamente su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual, para que vivamos de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra, crecer en el conocimiento de Dios y ser fortalecidos en todo sentido con su glorioso poder. Así perseveraremos con paciencia en toda situación, dando gracias con alegría al Padre.” (Colosenses 1:9-12).
  • Oremos para que el Espíritu Santo imprima sobre toda su Iglesia la convicción y la certeza de que ya somos más que vencedores por Cristo en el amor de Dios. Que su perfecto amor eche fuera todo temor provocado por las dificultades de estos tiempos, para que podamos gozarnos sirviendo a los propósitos de Dios.
  • Oremos para que podamos descubrir todos los dones que Dios ha depositado en nosotros, y que su Espíritu nos llene de unción, confianza y denuedo para usarlos en la edificación de la Iglesia, mientras somos transformados en el poder de Dios, que se perfecciona en nuestras debilidades, y que Dios reciba toda la gloria.
  • Oremos por corazones humillados y capaces de renunciar a voluntades, aspiraciones, sueños y anhelos, para aceptar con humildad los llamados de Dios, para hacer su voluntad y demostrarle nuestro amor cueste lo que cueste.
  • Oremos para que Dios transforme nuestra percepción del sufrimiento, y aprendamos a disfrutar los procesos que Él usa para perfeccionarnos.
  • Oremos por aquellos que han aceptado sus llamados y han renunciado a todo en obediencia al Señor, los misioneros. Que el favor de Dios sobre abunde sobre todos ellos en sabiduría y discernimiento, para que sean efectivos en medio de la crisis humanitaria que azota a tantos países en este tiempo. Que todos los que sufren y sobreviven la crisis puedan ser alcanzados por el consuelo, la esperanza y la paz del evangelio de Jesús. Que todo cristiano pueda brillar como luz del mundo y sazonar como sal de la tierra. Que Dios abra puertas, y provea los recursos necesarios para que el evangelio sea proclamado en todo el mundo.
  • Oremos para que Dios nos haga sensibles la necesidad (espiritual, material, física, etc.), no sólo de personas ajenas a nuestro entorno, sino comenzando por nuestras familias y nuestra comunidad de fe. Que podamos ser compasivos y empáticos en sus necesidades, y ayudarles conforme a nuestros recursos.
  • Oremos por comunión, que podamos compartir como una gran familia, que Dios deshaga todo espíritu de segregación, y compartamos en el verdadero amor de Cristo. Que seamos inclusivos con todos los que Dios añada a su Iglesia día a día, y desarrollen sentido de pertenencia como parte de la gran familia de la fe, para que crezcan y se desarrollen al máximo y produzcan frutos de justicia para agradar a Dios.
Eduardo Figueroa Aponte

jueves, 12 de enero de 2017

Religiosidad = Ceguera Espiritual

Muchos consideran que la Carta a los Romanos es el Evangelio de Dios. Ciertamente, su composición recoge la profundidad del pensamiento teológico del apóstol Pablo, a la luz de sus convicciones sobre la Escritura y el cumplimiento de las promesas de Dios en Cristo Jesús. En ella, encontramos una disertación reiterada sobre la lucha que Pablo ha venido arrastrando, en contra de la práctica de los preceptos de la Ley de Moisés. Esto, como parte de la insistencia de judíos inconversos y algunos ya convertidos, que insisten en conservar sus tradiciones religiosas, en medio de una abrumadora expansión de la Iglesia cristiana alrededor del mundo. La discusión que nos ocupará en esta reflexión, está estrechamente relacionada con la lucha antes mencionada. El apóstol Pablo tuvo que luchar constantemente contra los judaizantes, y como él, los cristianos de todos los siglos hasta hoy tenemos que librar esa lucha.
Hoy día no basta con dedicarnos al estudio de la Palabra de Dios para predicar el evangelio, pues es necesario que nos instruyamos también en lo que plantean las religiones que proliferan a nuestro alrededor, para poder contrastarlas con el mensaje del evangelio y fortalecernos en la defensa de nuestra fe. El judaísmo sigue siendo una realidad en medio nuestro, pero mayormente promovido por “judeocristianos” que al igual que en los tiempos de Pablo, en nuestros días pretenden conservar y fomentar sus tradiciones religiosas, imponiéndoselas a los cristianos que de alguna manera llegan a ellos. Por eso analizaremos el capítulo 10, versículos 1 al 13, de la carta a los Romanos, donde Pablo discute y contrasta la justificación y la salvación por la fe y no por las obras que demanda la Ley.  Trabajaremos de forma detallada y profunda cada uno de los versículos de la porción escritural seleccionada, para luego llegar a conclusiones y contextualizarlas a nuestra realidad.
Por siglos, la carta a los Romanos ha causado revuelo en el pensamiento teológico de los creyentes, y ha tenido un rol protagónico en los postulados de fe de los más grandes pensadores del cristianismo. Llama a nuestra atención el capítulo 10, que en sus primeros 13 versículos, encontramos los postulados de la justificación por la fe, inspirados en el apóstol Pablo por su continua lucha con los judaizantes y las obras de la Ley. Es menester de la iglesia considerar estos planteamientos detenidamente, pues tal parece que en este tiempo, también tendremos que luchar con tal amenaza y por eso elegimos esta porción bíblica. Estaremos haciendo referencia al la Nueva Versión Internacional (1999) de la Biblia, versión que no contiene las más recientes (y controvertidas) modificaciones de esta traducción.   
El primer versículo del capítulo 10 de la carta a los Romanos comienza diciendo: “1 Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por los Israelitas, es que lleguen a ser salvos”. Es evidente que estas primeras palabras están dirigidas a los gentiles. A pesar de la lucha que a tenido que librar en contra de los judaizantes, y a favor del cristianismo, el apóstol Pablo expresa su pesar por aquellos que son sus hermanos y no recibieron a Jesús como Mesías. Sus palabras sientan las pautas de cuál debe ser nuestra responsabilidad para con ellos, de quienes nació nuestro Señor y Salvador. Su lucha es contra sus creencias, no contra ellos, porque son sus hermanos. Como está en juego la salvación de su pueblo, esto le afecta muy profundamente e intercede por ellos (Kuss, 1976, p. 133). Me parece interesante el planteamiento de Barclay (1999), que aunque es cónsono con el de Kuss, añade una perspectiva de cómo los judíos pueden recibir este mensaje, diciendo: "Pablo ha estado diciendo algunas cosas muy duras de los judíos; cosas que a ellos les resultaría desagradable oír, y más aún reconocer. Todo el pasaje de Romanos 9 al 11 es una condenación de la actitud religiosa de los judíos. Sin embargo, desde el principio hasta el fin no hay ira, sino anhelo y ansiedad cordiales. Lo que Pablo desea por encima de todo es que los judíos se salven." (Barclay, 1999, p. 63).
En el versículo 2, Pablo continúa diciendo: “2 Puedo declarar a favor de ellos que muestran celo por Dios, pero su celo no se basa en el conocimiento”. Los judíos creían fielmente en las estipulaciones de la Ley de Moisés, y creían que la salvación sólo era posible haciendo lo que Ella demandaba. Y hasta cierto punto tenían razón. El problema radica en que ellos nunca desarrollaron una relación afectiva con Dios, ni entendieron que la Ley era sólo una representación de la verdadera salvación que llegaría a consumarse en el Mesías prometido. Pero como Jesús no se manifestó según lo que ellos esperaban que fuera su salvador, entonces no lo aceptaron. El concepto de un salvador en la cosmovisión de ellos, no armonizaba con el Salvador profetizado en las Escrituras. Ellos esperaban un salvador como el rey David, que los librara del yugo de Roma y restableciera el reino de Israel. Que de hecho, la Escritura establece que ese salvador vendría de su simiente (Jeremías 23:5-6), y así fue, pero el reino que venía a establecer era el reino de Dios, no el de los hombres. En esto está de acuerdo Pérez (2011) al señalar lo siguiente:
"Los judíos eran celosos de las cosas de Dios y más concretamente de las formas legales, porque no tenían un conocimiento pleno de lo que Él demandaba. Era un celo ciego, mal orientado, envuelto en fanatismo religioso. Para ellos el camino de salvación que Dios había establecido no era suficiente (Miqueas 6:8). Habían cambiado el plan de Dios por su sistema religioso (Isaías 29:13). Su mayor problema consistía en la abierta oposición, incluso lucha, contra el Salvador (Hechos 26:9–11). Una situación semejante se produce en todos los que desean honrar la doctrina, pero ignoran al Dios de la doctrina. Hay muchos creyentes que son celosos de su denominación, de su historia, de sus tradiciones, de su forma de entender la santidad, pero ignoran absolutamente el amor y la comunión, que son demandas esenciales y mandatos concretos establecidos por Dios (Juan 13:35; Efesios 4:3). Celosos del sistema, viven cargados con preceptos y cargan con ellos a quienes Dios ha hecho libres. Son los que cuelan el mosquito y dejan pasar el camello (Mateo 23:24). Esta es una de las formas habituales de conducta en el legalista. Miran con minuciosidad el literalismo de la Palabra, pero desconocen la realidad espiritual de la misma. Están interesados en asuntos externos de poca o ninguna importancia. Hacen énfasis en el modo de vestir, conforme a lo que ellos entienden que la Biblia demanda, en el modo de expansión lícita, en los lugares a donde se debe o no asistir, al modo de llevar a cabo el culto, a los cánticos que se deben cantar en la congregación y, en fin, a todo cuanto no tiene verdadera importancia delante de Dios, pero que da un aspecto piadoso al que lo practica, mientras abandonan la parte más importante de la vida cristiana que es el amor a los hermanos. Mantienen tozudamente las tradiciones heredadas de los antiguos, pero no avanzan en el camino de la comunión. Son capaces de revolver cielo y tierra para hacer las cosas como siempre se hicieron, pero incapaces de guardar con solicitud la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:3)." (Pérez, 2011, p. 661). En otras palabras, la ceguera de los judíos es a causa de su celo (fanatismo religioso), porque en realidad nunca entendieron que la demanda de Dios era la comunión en amor.
Todo esto se ratifica en el versículo 3 donde dice: “3 No conociendo la justicia que proviene de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios”. Esta expresión confirma el hecho de que los judíos no entendían a Dios porque no tenían comunión con Él. Ellos nunca entendieron que Dios les escogió para darse a conocer al mundo, pero al igual que otros pueblos, creían tener un Dios exclusivamente para ellos. Se adueñaron de Dios e idealizaron la “manera correcta” de buscarle y serle fiel, y creían que sus obras los hacían merecedores de su favor. Nunca aceptaron otra manera de acercarse a Dios, y como Jesús retó todo su sistema religioso, no podían ver en Él la justicia de Dios. Wenham, Motyer, Carson y France (2003) nos arrojan un poco más de luz al respecto cuando exponen lo siguiente:
"En Romanos 10:1-4 Pablo explica con mayor detalle este “tropiezo” de los judíos en Jesús. Después de reafirmar su profundo anhelo por la salvación de sus hermanos y hermanas judíos (ver Romanos 9:1-3), Pablo destaca la falla de los judíos en no tener un conocimiento de los caminos y los propósitos de Dios que sea comparable a su indiscutible celo. Utilizando la imagen de la carrera vista en Romanos 9:30-33, Israel corría afanosamente, pero no se dirigía hacia la verdadera línea de llegada de la carrera. Esa línea de llegada es la justicia de Dios, y como en Romanos 1:17 y en 3:21-22, se refiere a la acción de Dios de colocar a las personas en una relación correcta con Él. Concentrados en la persecución de su propia justicia, la justicia que viene por obras (Romanos 9:32) y por la ley (Romanos 10:5), los judíos no se han sometido a, ni han querido aceptar en fe, la manera en que Dios relaciona a las personas con Él. La preocupación de los judíos por la ley es, una vez más, el problema subyacente, como lo implica Pablo en el v. 4; porque no han llegado a comprender que Cristo es en sí mismo la “culminación” de la Ley." (Wenham, Motyer, Carson, & France, 2003, p. 555)
El versículo 4, como bien menciona el comentarista, trabaja con el aspecto del cumplimiento de la ley en Cristo cuando dice: “4 De hecho, Cristo es el fin de la Ley, para que todo el que cree reciba la justicia”. Aquí el apóstol Pablo establece que la única finalidad de la Ley, era conducir a Israel a Cristo, la manifestación excelsa de la justicia de Dios, adjudicada por fe, y no por obras. “El fin de la Ley, puede significar la “meta” o “climax” al cual apunta la Ley” (Keener, 2003, p. 443).  Kuss (1976) nos lo explica detalladamente al decir: "El camino de los judíos con la Ley podía parecer legítimo; pero ahora ha quedado patente que la fe es el fundamento exclusivo de la salvación. El hombre no puede hacer nada decisivo por sí solo; debe someterse a la acción de Dios, si es que quiere alcanzar su salvación. Cristo y solo Cristo, ése es el auténtico contenido de la predicación del apóstol. Ello incluye un supremo esfuerzo del hombre, aunque tal esfuerzo no pueda fundamentar la menor pretensión." (Kuss, 1976, p. 133)
En el versículo 5, Pablo cita a Moisés para dar énfasis al contraste de la justicia que viene por la fe, y las obras de Ley al decir: “5 Así describe Moisés la justicia que se basa en la ley: «Quien practique estas cosas vivirá por ellas.»”. Es decir, según la Ley de Moisés, para ser considerado justo delante de Dios y conservar la vida, hay que ser obediente a sus mandamientos. Pero cuando decidimos recibir a Jesús como Salvador, creyendo que por su sangre Dios nos considera justos, recibimos por gracia el don de la vida, que nos motiva a vivir sometidos a su voluntad. Barclay (1999) no pudo haberlo explicado mejor, al decir: "Los judíos estaban convencidos de que adquirían crédito con Dios mediante la obediencia a la Ley. Lo que mejor revela la actitud judía son las tres clases en que dividían la humanidad: Había personas que eran buenas, cuyo balance era positivo; había otros que eran malos, cuya vida arrojaba un balance de deuda, y había quienes estaban en medio, que serían buenos si hicieran una buena obra más. Todo era cuestión de ley y mérito. A esto contesta Pablo: «Cristo es el final de la Ley», lo que quiere decir que es el final del legalismo. La relación entre Dios y el hombre ya no es la que existe entre un acreedor y un deudor, entre un asalariado y un patrono o entre un juez y un acusado. Gracias a Jesucristo, el hombre ya no está en la posición de tener que satisfacer la justicia divina; sólo tiene que aceptar Su amor. Ya no tiene que merecer el favor de Dios, sino solamente tomar la Gracia y el amor y la misericordia que Dios le ofrece gratuitamente. Para demostrar su argumento Pablo cita dos pasajes del Antiguo Testamento. En primer lugar, Levítico 18:5, donde se dice que el que obedezca meticulosamente los mandamientos de Dios encontrará la vida. Es verdad, pero nadie ha podido." (Barclay, 1999, p. 64)
En los versículos 6 y 7, Pablo explica el contraste de la Ley al decir: “6 Pero la justicia que se basa en la fe afirma: «No digas en tu corazón: “¿Quién subirá al cielo?” (es decir, para hacer bajar a Cristo), 7 o “¿Quién bajará al abismo?”» (es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos).” En otras palabras, el creyente debe aceptar por fe lo que Dios ha hecho, confiando y esperando en sus promesas. Cualquier otra cosa que intentemos hacer, fuera de lo que Dios ha dicho, es en vano. El planteamiento de Barclay sobre el versículo 5 continúa hacia los versículos 6 y 7, explicando la afirmación de Pablo, y dice: "Luego cita Deuteronomio 30:12s. Dice Moisés que la Ley de Dios no es inasequible o imposible: está en la boca, en la mente y en el corazón del hombre. Pablo toma ese pasaje en sentido alegórico. No fue nuestro esfuerzo el que trajo al mundo a Cristo o Le resucitó. No es nuestro esfuerzo lo que nos reconcilia con Dios. Dios lo ha hecho por nosotros, y no tenemos más que aceptarlo y recibirlo." (Barclay, 1999, p. 64). Analizando este mismo pasaje, Stanley (2003) nos ofrece otra manera de explicarlo, al afirmar que “Cristo no necesita ahora descender del cielo para morir en la cruz. Él ya ha venido y muerto por nuestros pecados. Él no necesita ser resucitado de los muertos; ha sido resucitado ya. Todo está hecho: está consumado.” (Stanley, 2003, p. 98).
El planteamiento de Pablo continúa en los versículos 8 y 9 al decir: “8 ¿Qué afirma entonces? «La Palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón.» Esta es la palabra que predicamos: 9 que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo.” Aquí, luego de reprochar los cuestionamientos legalistas e incrédulos, Pablo descifra la ilustración que hizo al citar el pasaje de Deuteronomio 30, ya en el versículo 14, donde hace constar que en Jesucristo se cumple ese precepto por la fe en Él, que es la Palabra de Dios encarnada. Carballosa (1994) enfatiza el aspecto de la fe al decir: "La expresión “creyeres en tu corazón” ser refiere a una fe genuina, no sólo a una comprensión intelectual sino a una aceptación plena. La resurrección de Cristo de los muertos es un acontecimiento histórico y fundamental para la salvación. La resurrección de Cristo habla de su santidad absoluta y del carácter perfecto de su obra salvadora. Porque Él vive, es capaz de dar vida a quien cree en Él. “Serás salvo”. La referencia es, sin duda, a la salvación espiritual. Obsérvese además que la salvación es algo personal: el individuo tiene que confesar que Jesús es Dios y creer que Él vive para salvar. Quien hace eso de manera personal, recibe personalmente el regalo de la salvación."(Carballosa, 1994, p. 211)
El versículo 10 es extensivo a la discusión que venimos desarrollando, pero básicamente es la tesis de la discusión, resumida de la siguiente forma: “10 Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo.” Creer con el corazón, es una fe apasionada y de gran convicción de lo que Dios ha dicho, que no admite cuestionamientos, y te provoca confesarlo. En su análisis del griego, Pérez (2011) hace una explicación más exhaustiva del versículo, y nos ilustra de la siguiente manera: "Una doble cláusula conclusiva sustenta la oración. Por un lado está la fe ejercida con el corazón. De nuevo se enfatiza una fe de entrega y no de intelecto. El creer mentalmente que Jesús es el Señor y en su resurrección, no salva a nadie. Los mismos demonios creen eso pero no se salvan (Santiago 2:19). El apóstol afirma que “con el corazón se cree para justicia”, esto es, se cree para justicia porque mediante la fe que se entrega a la obra del Crucificado, recibe la justicia de Dios por la que como pecador es justificado, abandonando toda obra humana. Con el corazón se expresa aquí la contingencia de todo ser humano en materia de salvación. Expresa el carácter existencial del hombre que, con toda decisión depone lo que es, ser-ahí y ser-así, para aceptar el ser-ahí y ser-así de Dios. De otro modo, depone su yo, para aceptar como yo el Tú de Dios, que es Cristo. Al hacerlo así, alcanza la justicia de Dios en ese acto de fe que es entrega personal. La boca expresa el testimonio de haber sido salvo. Fe y confesión van siempre juntas (Lucas 12:8). La confesión de fe es testimonio natural de quien ha creído (1 Timoteo 6:12). El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, manifiesta la realidad del asentamiento de Dios en su corazón (1 Juan 4:15)." (Pérez, 2011, p. 675)
El versículo 11 es la base escritural que Pablo usa para validar el aspecto de la salvación por fe, como una promesa de Dios basada en Isaías 28:16, que dice: “11 Así dice la Escritura: «Todo el que confíe en Él no será jamás defraudado.»” El apóstol contextualiza la cita de Isaías con el propósito de Dios de salvar al mundo, no sólo a los judíos, sino también a los gentiles (Brown, 2002, p. 741).
En los versículos 12 y 13, Pablo enfatiza el hecho de que la salvación está disponible para todo el que busque a Dios y dice: “12 No hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo Señor es Señor de todos y bendice abundantemente a cuantos lo invocan, 13 porque «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.» Aquí el apóstol cita a Joel 2:23 para justificar la salvación de los gentiles (Wenham, Motyer, Carson, & France, 2003, p. 557). Con el fin de finalizar nuestro análisis de la porción de la Escritura que nos ocupa, comparto las expresiones de Barclay (1999) que resume muy bien lo que hemos tratado de explicar en estos últimos versículos, y dice así: "A un judío le resultaría difícil creer que el acceso a Dios no era por medio de la Ley; este camino de la confianza y la aceptación era algo revolucionario e increíblemente nuevo para él. Además, le resultaría sumamente difícil creer que el acceso a Dios estaba abierto a todo el mundo. Le parecía que los gentiles no podían estar en la misma posición que los judíos. Así es que Pablo concluye su argumento citando dos pasajes del Antiguo Testamento como última demostración. Cita en primer lugar Isaías 28:16: «Nadie que crea en Él será defraudado.» No se dice nada de la Ley; todo se basa en la fe. Y en segundo lugar cita Joel 2:32; «Todo el que invoque el Nombre del Señor se salvará.» No hay limitación aquí; la promesa es para todos; por tanto no hay diferencia entre judíos y gentiles. En esencia, este pasaje es una apelación a los judíos para que abandonen el camino del legalismo y acepten el de la Gracia. Es una apelación para que reconozcan que su celo está descarriado, y para que presten atención a los profetas que declararon hace mucho tiempo que la fe es el único camino de acceso a Dios, y que está abierto a todo el mundo." (Barclay, 1999, p. 65)
Hemos visto cómo el apóstol Pablo, de forma magistral, defiende los postulados teológicos de la fe cristiana, sin contender ni condenar peyorativamente a aquellos que están equivocados. Él identificó las debilidades de la religión judía y las usó de trampolín para enaltecer las virtudes y las fortalezas de la fe cristiana. Empleando el modelo del amor de Cristo, hace señalamientos que están fundamentados en el amor y la misericordia que caracteriza a aquellos que han sido transformados por el poder del amor de Dios. Sus expresiones no nacen de efímeros sentimientos racionales, sino del conocimiento de las Escrituras y de una experiencia de transformación integral de su carácter, al rendir su voluntad y decidir vivir como esclavo que trabaja para hacer cumplir el propósito de Dios. Es por eso que puede confrontar con autoridad a aquellos que insisten en trastornar los fundamentos de la fe cristiana, con planteamientos que no tienen una base bíblica que los sostenga, porque están basados en religiosidad.
La confrontación de Pablo es didáctica y exhaustiva, con el propósito de hacerse entender sin dejar lugar a dudas. Si hay alguien de entre los judíos que puede interpretar bien las Sagradas Escrituras, es Pablo, fariseo de pura sepa. Siendo judío, ha concluido de forma meridiana que los judíos andan perdidos en el espacio, puesto que embebidos en su religiosidad, nunca se dieron a la tarea de escudriñar las escrituras y entender los propósitos de Dios. Sólo estaban preocupados por cumplir con lo que habían aprendido, con el fin de disfrutar los beneficios de sus sacrificios. Ellos nunca entendieron ni aceptaron a su Mesías, quien vino para hacerles libres de la Ley, y cumplió todo lo que se había profetizado de Él. Sus costumbres y tradiciones eran más importantes que lo que Dios había dicho y esperaba de ellos. Por eso el apóstol reiteradamente citó porciones de sus escrituras sagradas, en su ejercicio de hacerles entender que el cumplimiento de todo lo que demandaba las obras de la Ley se cumplieron en Cristo, y ya no había que hacer nada más que recibirle y confesarle. Para nosotros los cristianos, debe quedar totalmente claro que el único camino a la salvación es Cristo Jesús.
La Iglesia Cristiana contemporánea tiene mucho que aprender del apóstol Pablo como modelo de Cristo. Al igual que los judíos, nos hemos adueñado de Dios y de la Iglesia. Hemos abandonado la Palabra de Dios para aferrarnos a nuestras costumbres y tradiciones, que en muchos casos son utilizadas para atormentar, señalar, condenar, criticar, alejar y señorear sobre los demás. Es más importante lo que proyectamos ante los demás que lo que realmente somos. Nos hemos convertido en fariseos hipócritas sin amor ni misericordia, afanados en la obra de Dios, sin contar con el Dios de la obra. Es hora de volver a Cristo, desechar los odres viejos para que Dios pueda insertar el vino nuevo que ha separado para este tiempo. Algunas de nuestras tradiciones actúan como piedra de tropiezo al cumplimiento del propósito de Dios.
Estamos empecinados con tal arrogancia en limitar a Dios y obligarlo a que se manifieste como nosotros queremos o entendemos que debe hacerlo, y si vemos que las cosas no ocurren tal cual, entonces lo ocurrido no es de Dios. Después no entendemos por qué las iglesias se vacían. Es que como queremos hacer todo a nuestra manera, pues Dios decide dejarnos hasta que nos demos cuenta que estamos solos, por las consecuencias de nuestras malas decisiones. Sólo así decidimos humillarnos y buscar su rostro. Esas consecuencias nos deben llevar al arrepentimiento y a la sumisión a su voluntad, para que podamos ser levantados de nuestra caída, abandonando todo lastre de religiosidad y convertirnos en adoradores que le busquen en espíritu y en verdad y decidamos ser esclavos como Pablo. Es hora de ponernos las pilas, enderezarnos y capacitarnos para que podamos ser instrumentos útiles en las manos de Dios.
Como en tiempos de Pablo, nuestro mayor reto será continuar ganando terreno con el evangelio de Cristo. Pero hoy más que nunca debemos estar listos para defender lo que creemos, no sólo con el conocimiento que podemos adquirir, sino con el testimonio que predicamos con nuestras acciones más que con palabras (los frutos del Espíritu). Es imposible que podamos convencer a la gente, ese trabajo lo hace el Espíritu Santo de Dios, en aquellos que deciden ser espejos limpios en los que la luz de Cristo pueda brillar sin obstáculos, sin manchas. Esto sólo se logra cuando hemos decidido negarnos a nosotros mismos y rendimos nuestra voluntad a Dios, muestra de que le amamos y creemos en sus promesas, y así dar testimonio de Cristo, por quien recibimos la adjudicación de justicia y la salvación. A semejanza de Pablo, como Iglesia, debemos cuidar de aquellos que Dios va añadiendo a su redil. Que confiesen a Jesús como su Salvador, es sólo el principio de la jornada. Nosotros debemos mostrarles el camino y ayudarlos a caminar para que crezcan y maduren en Dios, hasta que ellos también estén preparados para ayudar a otros. Pero todo esto es en vano sin la verdadera fe, aquella que nace del corazón.
Eduardo Figueroa Aponte

viernes, 21 de octubre de 2016

El deber el cristiano, ante la locura del mundo...

El apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios, comenzó amonestando a esa comunidad de fe, porque había cierta rivalidad entre ellos.  Según sus planteamientos, la causa de la rivalidad yacía en que cada bautizado seguía al líder que lo bautizó y defendía la retórica del mismo. Debemos estar conscientes de que la ciudad de Corinto era una de las plazas más importantes para la exposición y exaltación del pensamiento filosófico de la época, donde cada filósofo tenía sus seguidores, y los nuevos creyentes estaban influenciados por esa modalidad. El apóstol les reprochó esta costumbre porque a quien único debían seguir y exaltar era a Cristo. Por eso dio gracias a Dios de no haber bautizado a muchos porque, a pesar de eso, había quienes decían que eran seguidores de él.
Pero queriendo reafirmar y aclarar cuál era su deber dijo: "Pues Cristo no me envió a bautizar sino a predicar el evangelio y esto sin discursos de sabiduría humana, para que la cruz de Cristo no perdiera su eficacia. Me explico: El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios.  Pues está escrito: <Destruiré la sabiduría de los sabios; frustraré la inteligencia de los inteligentes.>  ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el erudito? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo? Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen. Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los que Dios ha llamado, lo mismo judíos que gentiles, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana. Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse. Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría -es decir, nuestra justificación, santificación y redención- para que, como está escrito: <Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor.>" (1 Corintios 1-17:31 NVI).
Tengamos presente que aquí los judíos son el pueblo con el que Dios hizo su antiguo pacto y no recibieron a Jesús como Salvador, y los gentiles son el resto de la humanidad, o sea nosotros, que cuando aceptamos el sacrificio de Cristo, nos convertimos en beneficiarios del nuevo pacto en Su sangre. En este pasaje, el apóstol aclaró que su deber era predicar a Cristo crucificado y que el propósito del evangelio de Jesús, no tiene nada que ver con la costumbre griega de filosofar con mucha inteligencia, y ganar seguidores y aplausos.  Sino que en el mensaje que él les llevó de la cruz de Cristo, Dios quiso darse a conocer de manera muy sencilla, con pocas palabras y para la salvación de todo el que crea.  El detalle está en que muchos de los que se creen muy sabios (filosofando al estilo griego), son también muy incrédulos, y siempre buscan la manera de retar lo que otros creen y defienden, con argumentos viciados de la locura humana de este mundo y carentes de la sabiduría que viene de Dios.  El salmista dijo: "El principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos. ¡Su alabanza permanece para siempre!" (Salmos 111:10 NVI).  El proverbista también dijo: "El temor del Señor es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina." (Proverbios 1:7 NVI).  También dijo: "Confía en el Señor de todo corazón y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos y él allanará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión; más bien, teme al Señor y huye del mal.  Esto infundirá salud a tu cuerpo y fortalecerá tu ser." (Proverbios 3:5-8 NVI).
Dios nos dejó dicho que la aparente sabiduría de los hombres en este mundo se convertiría en locura, y ciertamente eso es exactamente lo que estamos viendo en este tiempo.  Así que la receta del apóstol Pablo para los que hemos creído en el mensaje de salvación, es permanecer firmes haciendo aquello para lo cual el Señor nos ha llamado, ser sus testigos.  Así lo dejó establecido Jesús antes de su ascensión al cielo en presencia de sus discípulos diciendo: "Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra." (Hechos 1:8 NVI). Por eso, nuestro deber es predicar el evangelio tal cual nos ha sido revelado en la Escritura, y esto desde cualquiera de los altares que nos provee la vida para testificar lo que Dios ha hecho en nosotros, que en ocasiones, no hace falta el uso de palabras, si nos esforzamos por imitar a Jesús. Según el apóstol, lo único indispensable para cumplir este mandato, es tener el Espíritu Santo de Dios que nos capacita para esta tarea.  A través de los siglos hemos visto cómo la intervención de la "sabiduría humana" ha servido como piedra de tropiezo para el mensaje del evangelio. Así ha quedado demostrado, cuando vemos el sinnúmero de denominaciones eclesiásticas, que en vez de unificar la iglesia, la ha dividido.  ¿No es esto lo que el apóstol Pablo le reprochó a la iglesia de Corinto?
Esto evidencia la tendencia de los hombres a rechazar la sabiduría y disciplina de Dios, lo que nos convierte en necios que siguen la locura de los hombres, tal como lee el proverbio del capítulo uno que citamos hace un momento. Jesús nos ha dejado una gran comisión y una promesa cuando dijo: "Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo." (Mateo 28:18-20 NVI).  Si esto es así, entonces ¿por qué dudamos tanto y no obedecemos?  Ya Dios nos ha dicho que nos escogió a nosotros los "insensatos, débiles, lo más bajo y despreciado" para llevar el mensaje, porque la gloria debe ser única y exclusivamente para Él. Por eso frustró la sabiduría de los hombres, para que sepan que la verdadera sabiduría está en Dios. Además, en este pasaje Jesús prometió que si obedecemos a lo que se nos ha enseñado, Él estará con nosotros hasta el fin del mundo.  Entonces, ¿por qué tememos?
Así que tenemos el deber de llevar el mensaje del evangelio, hacer discípulos, bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñarles a obedecer.  Estos deberes nos acompañan a TODOS los cristianos desde que aceptamos a Jesús como Señor y Salvador nuestro, sin distinción de personas. Quiere decir, que esto no es responsabilidad únicamente de aquellos que reconocemos como líderes en la iglesia (pastores, diáconos, evangelistas y ministros de la música), es un deber de TODOS. Por lo tanto, no hay excusas, porque todo el que ha recibido a Jesús ha sido sellado con el Espíritu Santo, quien nos ciñe del poder que Él prometió para que seamos testigos.  Y aquí es necesario señalar que la palabra que se tradujo al español como "testigos", en el griego, idioma original del Nuevo Testamento, es la palabra es "μάρτυρες", que significa (mártires).  ¿Y qué significa esto? Para dejarlo meridianamente claro, miremos la definición que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española: "Persona que padece muerte en defensa de su religión; Persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones; Persona que se sacrifica en el cumplimiento de sus obligaciones."  Entonces ¿a qué nos envió Jesús? ¿A encerrarnos en nuestros templos para gozarnos de su presencia y vivir enajenados de nuestra obligación con el mundo?
NO, sino a llevar su mensaje en palabra y obra dondequiera que Él nos lleve en este mundo, cueste lo que cueste.  Sí, un cristiano debe ser capaz de proclamar su fe y dar testimonio de lo que Dios ha hecho en su vida bajo cualquier circunstancia.  Jesús padeció hasta la muerte siendo inocente, y si nos consideramos sus discípulos y aspiramos a llegar a ser como Él, entonces debemos estar dispuestos a padecer (crítica, burla, menosprecio, acoso, persecución, difamación, traición, abandono, desprecio, injusticia, engaño, maltrato, abuso, agresión, etc.) y hasta morir, porque también resucitaremos a semejanza suya, e iremos a su morada habiendo cumplido con el propósito de Dios. Así lo dejó establecido el apóstol Pablo en su carta a la iglesia de Filipos diciendo: "La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por lo contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre." (Filipenses 2:5-11 NVI). Así que ¿quiénes somos nosotros para pretender defender nuestra propia justicia cuando sufrimos por causa del evangelio? Si Dios se humilló a sí mismo para salvación nuestra, debemos ser capaces de ofrendar hasta nuestra vida si es necesario, para que Su nombre sea glorificado.  La palabra traducida al español como "siervo", en el griego es "δούλου", que significa (esclavo).  Por lo tanto, si nos proclamamos esclavos de Jesús, como Él se hizo esclavo del Padre, nuestro deber es obedecer como todo esclavo a su señor. Sé que esta palabra puede sonar dura, pero es la verdad. El tiempo para alimentarnos de la leche se acabó, es tiempo de ser fortalecidos con alimento sólido para soportar las pruebas que se avecinan, y poder vencer.
Es por esto que el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo le dijo: "En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. Tú, por el contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio." (2 Timoteo 4:1-5 NVI). Aquí el apóstol Pablo reiteró su reproche a la sabiduría humana, que reina hoy más que nunca y está dirigida a sus propios deseos, por lo que no toleran la corrección de Dios como Padre.  Este pasaje concuerda con lo que también el apóstol Pedro testificó junto a los demás apóstoles delante de las autoridades de su tiempo, que les juzgaban diciendo: "Terminantemente les hemos prohibido enseñar en ese nombre. Sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y se han propuesto echarnos la culpa a todos de la muerte de ese hombre. -¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!- respondieron Pedro y los demás apóstoles." (Hechos 5:28-29 NVI). Así que aunque la locura de las autoridades de este mundo nos quiera imponer la ley del silencio, estamos obligados a cumplir con la Ley de Dios, cueste lo que cueste.
Para este tiempo fuimos llamados hermanos, la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra, y nuestro deber es continuar la obra que Él comenzó, no sólo en nuestros templos, sino dondequiera que el Señor nos permite llegar. Las señales de los tiempos anuncian que su regreso está cerca y debemos adelantar su reino en la tierra.  Jesús nos dejó este mensaje: "Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor. Pero entiendan esto: Si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada. Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen. <¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien su señor ha dejado encargado de los sirvientes para darles la comida a su debido tiempo? Dichoso el siervo cuando su señor, al regresar, lo encuentre cumpliendo con su deber. Les aseguro que lo pondrá a cargo de todos sus bienes. Pero ¿qué tal si ese siervo malo se pone a pensar: "Mi señor se está demorando", y luego comienza a golpear a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos? El día en que el siervo menos lo espere y a la hora menos pensada el señor volverá. Lo castigará severamente y le impondrá la condena que reciben los hipócritas. Y habrá llanto y rechinar de dientes." (Mateo 24:42-51 NVI).  Así que proclamemos nuestra fe con gozo y sin temor, por encima de toda oposición, porque Dios recibirá toda la gloria y nosotros nuestra salvación.

viernes, 26 de agosto de 2016

El sufrimiento... ¡Un proceso transformador!

Somos muchos los que nos hacemos esta pregunta con frecuencia: ¿por qué los seres humanos tenemos que sufrir? La gran mayoría de nosotros miramos este proceso con recelo, porque implica momentos de dolor y angustia que rehusamos atravesar, porque se nos ha inculcado que los seres humanos vienen a este mundo para ser felices. Aunque la "felicidad" no es el fin último de nuestra existencia sobre la tierra, es uno de los beneficios más codiciados en la vida, y en su búsqueda, la humanidad se ha alejado de Dios y se ha vuelto tan egoísta, que cada cual busca la suya sin importar cuánto daño le hace a su semejante. Pero le guste o no a los seres humanos, el sufrimiento es un proceso ineludible que hay que aprobar en la escuela de la vida, que aporta grandes beneficios al desarrollo de nuestro carácter. Pero, ¿qué es el sufrimiento? Con mucha frecuencia, según nuestro contexto cultural, acostumbramos a asignar nuestros propios conceptos y definiciones a las palabras. Pero cuando entramos en el análisis profundo de un tema, estamos obligados a examinar con cuidado los conceptos que dirigen nuestros planteamientos.  Por eso nos referimos al Diccionario de la Real Academia Española, que ofrece un sinnúmero de definiciones para el verbo (sufrir). De éstas hemos seleccionado las que se ajustan a nuestros planteamientos, y subrayamos las que entendemos que deben prevalecer en nuestro entendimiento del verbo (sufrir), y dice que es [Sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo; sentir un daño moral; recibir con resignación un daño moral o físico; sostenerresistirtolerar o llevar con pacienciapermitirconsentirsatisfacer por medio de la penasometerse a una prueba o examencontenersereprimirse]. Tal vez, la mayoría de nosotros, no encontramos aquí nuestra definición (concepción) sobre el sufrimiento, pero éstas son las definiciones oficialmente relacionadas a este verbo en Latinoamérica, y encontramos en ellas la manera correcta de entender el sufrimiento.
Por otro lado, la "felicidad" es un estado que sólo alcanza su grado superlativo y permanente cuando decidimos rendir nuestras vidas en adoración/obediencia a Dios, aunque esto no implica ausencia de sufrimiento. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la (felicidad) se define como [Estado de grata satisfacción espiritual y física; persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz; ausencia de inconvenientes o tropiezos]. De aquí también hemos subrayado la definición que debe prevalecer en nuestro entendimiento de la felicidad. Sin embargo, la humanidad define "felicidad" según el resto de las definiciones ofrecidas en el diccionario, y es por eso que también se afecta su entendimiento del sufrimiento, pues la felicidad de los seres humanos no debe estar basada en (personas, situaciones ni objetos, que producen más sufrimiento) sino, en su estado de grata satisfacción espiritual, de lo que muchos de nosotros podemos ser testigos. Así lo enseñó el apóstol Pablo en su segunda carta a los corintios, respecto a la persecución y los sufrimientos que vivían por causa del evangelio diciendo: "Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día a día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora pasamos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno." (2 Corintios 4:16-18). Y no es que seamos insensibles al sufrimiento, es que confiamos en las promesas y los propósitos de Dios, aunque no entendamos los procesos.
Muchos viven haciendo malabares en su afán de alcanzar la supuesta "felicidad" que viven las luminarias de la alta alcurnia, que es evidentemente inalcanzable para el resto de los seres vivientes, y que tanto promueven los medios de comunicación. Sumidos en la ambición, desperdician toda su vida en trabajo forzoso y extenuante, que irónicamente, les roba el tiempo para disfrutar de lo que cosechan y cultivar el núcleo familiar, por lo que se hace imposible alcanzar la tan anhelada "felicidad", pues terminan perdiendo las cosas más importantes de la vida y que el dinero no puede comprar. En ocasiones, esto los lleva a adquirir deudas impagables debido el exceso de posesiones, que terminan robándoles el sueño, en su intento de sobreproteger lo que con tanto sacrificio han logrado. Por otro lado, hay quienes en su impotencia, terminan incurriendo en mecanismos reprochables y peligrosos, que en vez de proveerles la tan anhelada "felicidad", terminan privados de su libertad o prófugos de la justicia y sumidos en el estrés y el temor de que otros puedan arrebatarle lo que con muy poco sacrificio y de forma deshonesta han adquirido. Con todo esto, los que se esfuerzan y los que no, terminan sumidos en sufrimientos que son el resultado de malas decisiones, que se suman  a los que ofrece la escuela de la vida. Por eso debemos hacernos una pregunta obligada... ¿Realmente hay felicidad en todo eso? Hay una gran diferencia en atravesar por sufrimientos provocados por el pecado de la gente que vive alejada de Dios, por lo que no pueden ser felices; y atravesar los sufrimientos que forman parte del proceso natural de la vida, agarrados de la poderosa mano de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que nos hace vivir felices en la esperanza de su salvación y utiliza estos procesos para formar el carácter que nos lleva a parecernos cada vez más a Él.
El apóstol Pablo describe la condición del pecado en los hombres y su esperanza diciendo: "...Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús...(Romanos 2:22-24). Así que mientras vivimos alejados de Dios, estamos destituidos de Su gloria y vivimos bajo la ley del pecado, que acarrea mucho sufrimiento y dolor. Por eso envió a su Hijo Jesucristo a rescatarnos del pecado y restablecer nuestra relación con Dios, que nos devuelve una óptica correcta de la vida y la verdadera felicidad, a pesar del sufrimiento. Así el mismo Pablo lo explicó en su carta a los efesios cuando dijo: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales, para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica." (Efesios 2:4-10).
Es por esto que cuando rendimos nuestras vidas a la voluntad de Dios, miramos el mundo y lo que sucede en él desde otra perspectiva, pues vivimos conforme al plan de Dios y no conforme a nuestros planes. Y cuando enfrentamos situaciones difíciles, lo hacemos confiando en la buena voluntad de Dios porque "...sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo a su propósito." (Romanos 8-28).  Y usted me dirá, pero es que yo no he sido llamado... y yo le diré, Dios le está llamando desde la primera vez que usted escuchó de Él, y hoy le está llamando por medio de esta Palabra.  La salvación es para todo aquel que crea y se arrepienta de su vida de pecado y decida caminar el resto de su vida conforme a las enseñanzas de Jesús.  Sólo así se hace posible entender que el sufrimiento es una parte esencial de la vida, pues tenemos mucho que aprender en él.
En la carta a los romanos, el apóstol Pablo nos señala cuáles son los frutos que produce el sufrimiento en aquellos que han decidido vivir sus vidas en Cristo Jesús, basado en su propia experiencia diciendo: "En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado." (Romanos 5:1-5).
En la Biblia podemos encontrar más pistas que nos llevan a entender un poco más acerca del propósito del sufrimiento como proceso transformador, especialmente en la vida de Jesús. La carta a los hebreos dice que "...vemos a Jesús, que fue hecho un poco inferior a los ángeles, coronado de gloria y honra por haber padecido la muerte. Así, por la gracia de dios, la muerte que él sufrió resulta en beneficio de todos. En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, convenía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfeccionara mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos." (Hebreos 2:9-10). Así que si Jesús fue perfeccionado por medio del sufrimiento, implica que, (#1) el sufrimiento tiene el propósito de llevarnos a la perfección.  También en la carta a los hebreos se nos dice lo siguiente: "En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión. Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen..." (Hebreos 5:7-9). Así que si Jesús aprendió a obedecer por medio del sufrimiento, implica que, (#2) el sufrimiento tiene el propósito de llevarnos a la obediencia.  
Por lo tanto, si el Hijo de Dios fue perfeccionado y aprendió a obedecer por medio del sufrimiento, sería ingenuo de nuestra parte pensar que nosotros, habiendo sido adoptados como hijos, no vayamos a la misma escuela y seamos probados y examinados de la misma manera que el Autor y Consumador de nuestra fe Jesucristo, que con Su sangre compró nuestra adopción y derecho hereditario.  La carta a los hebreos nos muestra el sufrimiento como un efecto de la disciplina de Dios diciendo: "En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre. Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se nos dirige: [Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama y azota a todo el que recibe como hijo]. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos. Después de todo, aunque nuestros padres humanos nos disciplinaban, los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus para que vivamos? En efecto nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados en ella." (Hebreos 12:4-11).  
Todo esto, amados hermanos, nos debe cambiar el panorama de lo que entendemos por sufrimiento y cómo debemos enfrentarlo. Suframos con gozo y alegría las disciplinas del Señor y dejémonos transformar por ellas para que su obra en nosotros sea completada.  La carta de Santiago nos exhorta: "Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada." (Santiago 1:1-4). Finalizo esta reflexión con las palabras de aliento registradas en la primera carta del apóstol Pedro a las iglesias, que dice así: "¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos. Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Asi también la fe de ustedes, que vale más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación." (1 Pedro 1:3-9).
Eduardo Figueroa Aponte

jueves, 30 de junio de 2016

Viviendo sin temor, en medio del terror...

Nos ha tocado vivir en la era más activa del terrorismo, en todo el sentido de la palabra. ¿Y qué es terrorismo? El diccionario de la Real Academia Española lo define como: "Dominación por terror; Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror; Actuación criminal de bandas organizadas, que reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretenden crear alarma social con fines políticos." Así que según esta definición, el terrorismo no es solamente un acto violento perpetrado por individuos para provocar terror (método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria) y la pérdida de vidas inocentes con fines "religiosos"; sino que todo aquel que pretende dominar, aterrorizar y alarmar a la sociedad de forma organizada e indiscriminada es un terrorista. Por lo tanto, según esta definición, podríamos clasificar a los gobiernos, las más grandes empresas y a muchos de los medios de comunicación como las bandas organizadas más sobresalientes entre los terroristas más influyentes de este tiempo porque a pesar de que no se caracterizan por fines religiosos "ni provocan la pérdida de vidas inocentes con violencia física, (aunque en algunos caso sí)", quieren dominar, aterrorizar y alarmar a la sociedad de forma indiscriminada y sensacionalista, sembrando incertidumbre y temor para tener control de ella.  Pero, ¿qué dice la Biblia acerca del temor? En la primera carta de Juan encontramos lo siguiente: "...Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Ese amor se manifiesta plenamente entre nosotros para que en el día del juicio comparezcamos con toda confianza, porque en este mundo hemos vivido como vivió Jesús. En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero." (1 Juan 4:16-19). Así que los que hemos sido perfeccionados en el amor de Dios y vivimos esforzándonos por imitar la vida de Jesús, no debemos vivir en temor y no esperamos castigo, pues su sangre nos limpia de todo pecado, nos ha dado salvación y vendrá a buscarnos para que reinemos con Él en las moradas celestiales para siempre. Ésta es Su promesa, y es nuestra esperanza.  En esa misma carta de Juan más adelante dice: "En esto consiste el amor de Dios; en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el hijo de Dios?" (1 Juan 5:3-5). Por eso somos más que vencedores y no hay por qué vivir con temor por mucho que soplen los vientos del terror, pues debemos vivir confiando en las promesas de Dios, que son nuestra esperanza.
En estos últimos años, han salido a la luz los fraudes y vicios ocultos de varios gobiernos. Éstos, junto a las grandes empresas, que son los más grandes intereses económicos, y muchos de los medios de comunicación han manipulado la información para disfrazar, favorecer y adelantar las agendas ocultas de algunos, que invierten mucho dinero sobornando y enamorando a los amigos de las ganancias mal habidas, para poner en marcha sus maquinaciones ambiciosas y egoístas aunque afecten perniciosamente a la sociedad. Utilizan la psicología a través de los medios de comunicación (periódicos, revistas, noticieros, televisión, redes sociales, billboards etc.), para introducir sus ideas y planes como un virus infeccioso que al principio no provoca síntomas, pero termina convirtiéndose en una epidemia mortífera. Ese virus menoscaba sutilmente el carácter de los individuos, y les va debilitando sus sistemas de defensa (principios y valores), fundamentales para el buen funcionamiento de la sociedad, y terminan completamente infectados y resignados a vivir así el resto de sus vidas, esperando que el tratamiento para su enfermedad, algún día sea provisto por aquellos que de forma infiltrada se la ocasionaron premeditadamente y para el beneficio de algunos.
La manipulación es tan efectiva que la gente nunca llega a entender que los daños colaterales son fatales, y se suman a las campañas a favor del virus y la enfermedad enérgicamente. Pues al fin y al cabo, se acostumbran a vivir con los síntomas que ya ven como naturales y normales, sin darse cuenta de que están firmando su sentencia de muerte y procuran animar a otros que también la firmen, sin saber lo que hacen. Y es que en este tiempo a nadie le interesa medir las consecuencias a largo plazo, queremos vivir el hoy y el ahora, sin considerar los problemas que estamos provocando para nuestras generaciones futuras, nuestros hijos. Ésta es la única forma en que estos terroristas pueden lograr con éxito llevar a cabo sus planes, pues de no ser así, nadie estaría de acuerdo con ellos. Y estamos hablando de forma metafórica y también literal. Pues la epidemia mortal ocurre en las mentes y los corazones de una sociedad que ha sido trastornada por la manipulación, pero también convalece de forma física, sufriendo el estrés que produce tener que vivir constantemente contra la pared, entre lo que queremos y creemos, versus lo que nos quieren imponer. Algunos terminan queriendo quitarse la vida al no saber manejar estas crisis, otros mueren enfermos como resultado de los efectos secundarios que provocan las muchas violaciones que los gobiernos y las grandes empresas cometen contra el medio ambiente y las consecuencias que producen.
Nos agobian por todos lados con la información que quieren promover, esencialmente si favorece algún proyecto que generará millones de dólares a la economía de los que están arriba, pero contribuyen a desgraciar la vida de los que estamos abajo, empobreciéndonos y enfermándonos cada vez más. Logran convencer a la gente de falsas realidades para que las masas bailen al ritmo que ellos quieren tocar. Provocan un caos de todo, exagerando la información de algunos eventos para elevar sus rangos de visibilidad, a veces con tragedias, otras veces fomentando el adelanto de causas particulares, enalteciendo más los argumentos de una parte del debate y menospreciando y silenciando los argumentos de la otra parte, buscando incriminar los errores de algunos que gastan su vida trabajando por el bienestar de la sociedad, pero no son capaces de aplaudirles ni reconocerles todo el bien que han hecho, todo depende de la motivación del medio y las agendas políticas. Así hacen con la Iglesia, que no es una estructura con cuatro paredes, es el pueblo de Dios, que también es parte de la sociedad alrededor del mundo.
La mayoría de la gente en Puerto Rico piensa que la separación de Iglesia y Estado, hace de la Iglesia un ente extraño y aparte del resto de la sociedad que no tiene voz ni voto. Pues para todos aquellos que estén dentro de este grupo, sepan que esa estipulación se encuentra en el Artículo II de la Carta de Derecho en la Sección 3 (Libertad de Culto), de la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Esta sección se incluyó allí con el fin de proteger y garantizar el derecho a la libertad de culto de toda religión y coartar el poder del Estado de querer entrometerse en la institucionalidad y el ejercicio del culto religioso, y por eso hay completa separación de Iglesia y Estado, para proteger a la Iglesia del Estado, no al revés. Nuestra Constitución en su gran mayoría está basada en valores Bíblicos que son universales y garantizan el bienestar de los seres humanos, además la Biblia dice así de las naciones:  "Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que escogió su heredad. El Señor observa desde el cielo y ve a toda la humanidad; él contempla desde su trono a todos los habitantes de la tierra. Él es quien formó el corazón de todos, y quien conoce a fondo todas sus acciones. No se salva el rey por sus muchos soldados, ni por su mucha fuerza se libra el valiente. Vana esperanza de victoria es el caballo; a pesar de su mucha fuerza no puede salvar. Pero el Señor cuida de los que le temen, de los que esperan en su gran amor; él los libra de la muerte, y en épocas de hambre los mantiene con vida. Esperamos confiados en el Señor; él es nuestro socorro y nuestro escudo. En él se regocija nuestro corazón porque confiamos en su santo nombre. Que tu gran amor, Señor nos acompañe tal como lo esperamos de ti." (Salmos 33:12-22).
La Iglesia (el pueblo de Dios) es parte de la sociedad y también paga contribuciones. Por eso tiene derecho a expresarse libre y deliberadamente, como lo hace todo ciudadano y toda institución, aunque muchos quieran callarla. Pero, como pertenece a esa parte de la sociedad que cree en los principios y valores tradicionales que han garantizado el orden y el bienestar de la sociedad por muchos siglos, y como ente multitudinario influyente se opone al desenfreno en todas las áreas de la sociedad, los grandes poderes e intereses económicos se han puesto de acuerdo para hacer lo imposible por destruirla. Pues en el desenfreno han visto una gran mina de oro que quieren explotar, a sabiendas de los grandes peligros y complicaciones que provocarán, como siempre lo han hecho desapercibidamente. Pero, desde sus comienzos hace 2016 años, la Iglesia ha sido perseguida hasta la muerte, pero nada ni nadie ha podido evitar su existencia ni detener su crecimiento y expansión por toda la tierra y su voz jamás podrá ser callada. La historia refleja que cada vez que se ha fomentado la persecución contra la Iglesia, han surgido los más grandes avivamientos que la han hecho crecer de golpe. Por eso, en vez de abrazar el temor, debemos vivir gozosos y orgullosos por las persecuciones según el apóstol Pablo que dijo: "Así que nos sentimos orgullosos de ustedes ante las iglesias de Dios por la perseverancia y la fe que muestran al soportar toda clase de persecuciones y sufrimientos. Todo esto prueba que el juicio de Dios es justo, y por tanto él los considera dignos de su reino, por el cual están sufriendo. Dios que es justo, pagará con sufrimiento a quienes los hacen sufrir a ustedes. Y a ustedes que sufren, les dará descanso, lo mismo que a nosotros. Esto sucederá cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo entre llamas de fuego, con sus poderosos ángeles, para castigar a los que no conocen a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús. Ellos sufrirán el castigo de la destrucción eterna, lejos de la presencia del Señor y de la majestad de su poder, el día en que venga para ser glorificado por medio de sus santos y admirado por todo los que hayan creído, entre los cuales están ustedes porque creyeron el testimonio que les dimos." (2 Tesalonicenses 1:4-10).
Ni los gobiernos, ni las grandes empresas, ni las comunicaciones y tampoco los terroristas actuales podrán detener la Iglesia ni callar su voz, porque es el cuerpo de Cristo y Él ya venció en la cruz del Calvario, es Rey de Reyes y Señor de Señores, tiene todo poder y autoridad sobre la creación y pronto regresará a buscar su pueblo, la Iglesia, para llevarla a reinar con Él.  Jesús le dijo a Simón: "Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella." (Mateo 16:18).  Así que no hay por qué temer si estamos en Cristo, pues aunque muramos físicamente en medio de la persecución y la hostilidad de los hombres en la tierra, nuestra morada y galardón nos espera en el cielo, la vida eterna. Esto mismo le habló Cristo a la iglesia de Esmirna registrada en el libro de Apocalipsis diciendo: "No tengas miedo de lo que estás por sufrir. Te advierto que a algunos de ustedes el diablo los meterá en la cárcel para ponerlos a prueba, y sufrirán persecución durante diez días.  Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida." (Apocalipsis 2:10).
Por eso el apóstol Pablo hizo las siguientes exhortaciones a las iglesias diciendo: "Manténganse alerta; permanezcan firmes en la fe; sean valientes y fuertes. Hagan todo con amor." (1 Corintios 16:13-14). También dijo: "Pedimos que Dios les haga conocer plenamente su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual, para que vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra, crecer en el conocimiento de Dios y ser fortalecidos en todo sentido con su glorioso poder. Así perseverarán con paciencia en toda situación, dando gracias con alegría al Padre. Él los ha facultado para participar de la herencia de los santos en el reino de la luz. Él nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención, el perdón de pecados. Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él  fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de Él forman un todo coherente. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero. Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz. En otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran enemigos. Pero ahora Dios a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, con tal de que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio. Éste es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación bajo el cielo, y del que yo Pablo, he llegado a ser servidor." (Colosenses 1:9-23).
Eduardo Figueroa Aponte